Instrucciones para programar la apatía

    La nueva Constitución entró en vigor ayer: se legalizó la indiferencia, se premiaron los actos de egoísmo creativo y se abolió el concepto de conciencia por considerarlo obsoleto. Las redes celebraron con filtros patrióticos y memes oficiales. Elías Varela, antiguo maestro de filosofía, se ausentó de la fiesta virtual. Estaba ocupado configurando su apagado emocional… manualmente.

    En su bloque periférico, donde la señal apenas alcanza, Elías guarda libros físicos como quien esconde armas. Enseña clandestinamente a jóvenes que aún sienten cosas extrañas en el pecho: nostalgia, empatía, dudas sin algoritmo. Él les habla del alma, de la libertad y de esa cosa antigua que llamaban dignidad.

    “La compasión sigue en fase beta”, les dice con una sonrisa torcida, “pero aquí la ejecutamos sin WiFi.”

    El escáner aéreo pasó por tercera vez esa semana. Elías interrumpió la clase. Sabía que no era una patrulla rutinaria: habían detectado actividad "afectiva" en la zona. Las autoridades llamaban así a cualquier gesto de humanidad no digitalizado.

    Un aviso parpadeó en los dispositivos de los chicos: “Recordatorio legal 304.b — Sentir no autorizado puede ser penalizado con aislamiento emocional.”

Pero ellos no cerraban la aplicación de lectura. Escuchaban.

    Una de las jóvenes, Luna, se quedó más tiempo. Elías le sirvió té —el verdadero, no el de cápsulas con sabor sintético— y colocó entre ellos un libro abierto, como un puente.

—¿De verdad crees que el alma existe? —preguntó ella. Elías la miró con ternura. —No puedo probarlo. Solo puedo decirte que, si alguna vez la tuvimos, vive escondida en gestos como este. En preguntarse cosas que nadie más quiere preguntar.

    Esa noche, cuando el cielo brillaba con drones disfrazados de estrellas, Elías y Luna copiaron un poema a mano. Palabra por palabra. Lo escondieron en una caja de metal, junto con una hoja en blanco, “por si alguien necesita escribir lo que siente”.

    La resistencia no estalló. No se hizo viral. Pero al día siguiente, otro joven llegó con su propio papel. Luego otro. Y otro.

    Y así, sin protocolo ni sistema, nació una red de emociones compartidas, invisibles pero reales. La esperanza, como siempre, se coló por donde el control no llegaba: entre las grietas del silencio, en los intersticios de la memoria, en los versos que aún no tenían formato.


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