El pacto
Dicen los viejos del barrio —los que aún recuerdan cuando la huerta era huerta y no asfalto— que hay cruces de caminos donde el mundo se adelgaza. No importa que ahora haya farolas LED, cámaras de tráfico y una parada de bus con grafitis que nadie limpia. El cruce sigue siendo cruce, y la noche sigue siendo noche. Aquella madrugada, mientras el viento arrastraba papeles de horarios caducados, un hombre aguardaba bajo la marquesina. No esperaba autobús alguno, esperaba otra cosa . Algo que había prometido venir cuando las agujas marcasen la frontera exacta entre un día y el siguiente. Y aunque nadie lo sabía todavía, en ese instante se estaba pagando un precio que ningún banco aceptaría y que ningún notario querría certificar. Un precio que solo se revela cuando ya no queda vuelta atrás. Era un artista de los que ya no se fabrican: testarudo, apasionado, incapaz ...