El último párrafo


    Elías Rivas era un escritor de otro tiempo atrapado en un presente que no comprendía del todo. Sentado frente a su vieja máquina de escribir, rechazaba los dispositivos brillantes que prometían simplificar la vida pero, en su opinión, la vaciaban de esencia. Sus historias estaban impregnadas de miedos: la deshumanización, el frío dominio de la tecnología, la pérdida de la empatía en una sociedad que prefería pantallas a miradas.


    Cada relato que escribía era un espejo de sus inquietudes. Mundos donde las máquinas dictaban las emociones, donde la humanidad se había rendido a la comodidad, sacrificando el pensamiento crítico. Sus lectores lo llamaban pesimista, pero Elías sabía que, entre líneas, dejaba un rastro de esperanza, como migas de pan para quien supiera buscar.


    Un día, recibió una carta. No un mensaje digital, sino papel verdadero, con tinta que manchaba los dedos. Era de una joven lectora llamada Lía, quien le agradecía por sus historias. "En tus palabras encontré un faro, no porque me mostraran un mundo perfecto, sino porque me recordaron que está en nuestras manos no llegar a ese futuro que temes."


    Elías leyó la carta una y otra vez. Comprendió que, aunque escribiera desde la desconfianza y el miedo, sus palabras podían despertar conciencia, inspirar cambio. No se trataba de tener fe ciega en la humanidad, sino de aceptar su capacidad para aprender, incluso de sus errores.


    Esa noche, al cerrar su último relato, añadió un párrafo final distinto. No una advertencia, sino un susurro de esperanza: "Mientras existan quienes cuestionen, quienes sientan y se rebelen contra la indiferencia, el futuro no estará perdido del todo."

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