Susurros en la penumbra

     En la penumbra de mi habitación, donde las sombras tiemblan como si tuvieran alma, me abandono cada noche a la botella y al polvo que me promete paraísos. Todo comienza con un leve zumbido en mis oídos, un preludio de la sinfonía de delirios que pronto me envolverá. 


    El espejo frente a mí respira. Juro que lo hace. Su superficie ondula como un lago oscuro, y de él emerge mi propio rostro, sonriendo con un gesto que no reconozco. Me habla sin palabras, me invita a hundirme. Siento que su voz recorre mis venas con la tibieza del licor.


    Las paredes se inclinan hacia mí, como amantes celosas, y el aire se espesa con un aroma dulce y marchito. Entonces, ella aparece. Siempre aparece. Su silueta de humo y terciopelo se sienta a mi lado, me acaricia el cabello, y susurra que la realidad es un invento de los cobardes. Que mi mundo verdadero es este, donde la sangre sabe a vino y los relojes laten como corazones.


    A veces escucho pasos en el pasillo, risas que se quiebran al llegar a mi puerta. Sé que no hay nadie, pero al abrir, un viento helado me envuelve, cargado con voces que cantan mi nombre. El suelo parece querer tragárseme, y por un instante deseo que lo haga. Sería dulce desvanecerme entre susurros.


    Cada amanecer es un verdugo. La luz entra como cuchillos y destroza mi palacio de sombras. Entre los restos de botellas y polvos derramados, solo quedo yo, exhausto, temblando. Y, sin embargo, al caer la noche, regreso. Porque en mi ruina encuentro el único abrazo que me queda, y en mis delirios, la única verdad que deseo escuchar.

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